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Capítulo XXIX: Un Encuentro DesagradablePor Armando Esquerro Cordón Tras su regreso de la misión que había llevado a D'Artagnan a Inglaterra y que había dejado a sus amigos desperdigados a lo largo y ancho de las tierras de Francia, y una vez informados por el Señor de Treville de las intenciones de Su Majestad de iniciar campaña en La Rochelle el próximo mes de mayo, nuestros cuatro héroes se juntaron en la taberna de la calle Ferou para discutir la adquisición de su equipo. Mientras acababan con unas botellas de Borgoña, pagadas con sus últimas pistolas, debatían con aire taciturno sobre el modo de conseguir el dinero necesario para comprar caballo, arreos, silla, capote y demás impedimenta. Al cabo de un rato de pensar y discutir sin éxito, quedaron mirando sus copas cabizbajos. Sólo Athos permanecía con la cabeza alta y la mirada fija en un grupo variopinto que ocupaba una mesa situada al otro extremo de la taberna. Lo componían dos hombres y un muchacho. El más alto de ellos vestía chapeo gastado adornado con una vieja pluma roja, valona gastada sin adornos ni puntillas y un justillo de ante. Una larga espada de enormes gavilanes y cazoleta arañada colgaba de su cinto. Sus ojos claros miraban a los 4 amigos con curiosidad mientras se retorcía el mostacho a colación de algo que le comentaba su compañero. Este vestía ropilla negra con una cruz roja bordada en el pecho. Era poco agraciado de rostro y utilizaba lentes desde los que miraba a Athos con cierto desprecio. El muchacho era bien parecido y llevaba su vista con admiración, ora a uno, ora al otro, ora al grupo de los mosqueteros. Pero lo que llamaba la atención de Athos no era la vestimenta de aquellos individuos sino la insolencia con que les miraban y comentaban algo acerca de ellos. D'Artagnan levantó la vista y siguió la mirada de Athos. ―¿Ocurre algo, Athos? ―preguntó. ―Esos caballeros. Me están obligando a enseñarles un poco de cortesía. No paran de mirarnos y no me gusta cómo lo hacen ―respondió. ―Es posible que esa lección de modales nos relaje un poco ―añadió Aramis, levantándose―. Porthos asintió y le imitó sonriente. Mientras tanto, en la mesa de los desconocidos, la conversación era la siguiente: ―Vos diréis lo que os plazca, pero a mí, estos franchutes con sus puntillitas en las valonas, sus terciopelos y sus plumas de pavo real, no parecen precisamente espadachines de verdad. Me recuerdan a los pisaverdes que hacen la Rúa a diario por el Prado. Mucha fachada pero pocos redaños ―dijo el caballero de negro, mientras clavaba su cuádruple mirada sobre Aramis que se levantaba en ese momento. ―No sé. Refinados parecen, pero mirad sus armas. Están tan arañadas como las nuestras y en esos rostros hay fiereza oculta tras ese aspecto de damiselas de Corte ―respondió el otro―. Además, dejad de mirarles con esa sorna vuestra, no sea que hallemos pendencia. Recordad que las órdenes del Conde de Olivares eran pasar desapercibidos mientras se reúne con nosotros ese tal Rochefort. ¡Pardiez que es bueno este vino! Aunque casi prefiero un cuartillo de San Martín de Valdeiglesias, de ese que sirve La Lebrijana en la del Turco y... Maldita sea, señor Quevedo, que vuestras ganas de bronca les han hecho levantarse ―susurró.
Así era. Los mosqueteros se habían plantado frente a la mesa con cara de pocos amigos. Aramis se adelantó con una sonrisa cínica en su cara. ―Si no es molestia, tal vez les agradaría a estos señores explicarnos que ven de extraño en nuestro aspecto, ya que no nos quitan ojo de encima ―espetó con la mano apoyada negligentemente en la empuñadura de su espada. ―Sí, amigo Aramis ―dijo Athos, mirando a los intrusos―, es posible que nuestros bigotes estén teñidos de azul por efecto del Borgoña y no nos demos cuenta. ―A mí no me importa que me miren, siempre que sea desde el camposanto... ―apostilló Porthos con una sonrisa de oreja a oreja que no presagiaba nada bueno. ―¿No respondéis señores? ¿El miedo os ha dejado sin habla? ―preguntó D'Artagnan. Diego Alatriste se levantó despacio mientras preguntaba a Francisco de Quevedo: ―¿Qué demonios dicen estos, don Francisco? Apenas entiendo la parla franchuta para decir "Bonyur" y "Fils de la Putanne". Suficiente para las trincheras, pero aquí se me antoja demasiado poco. ―Nos preguntan si tienen monos en la cara ―respondió Quevedo que hablaba y entendía la lengua de Scarron y Corneille―, y ese gigantón de ahí dice no sé qué de nosotros en el cementerio... Se irguió rápidamente Quevedo, a pesar de su cojera y sonrió a su vez a los otros al tiempo que decía en francés cultivado: ―Azules no sé, pero es que entre tanto colorido, plumaje y adorno, no estaba seguro de mirar hombres o aves fantásticas de las que juguetean en el Parnaso ―dijo mientras echaba la izquierda atrás en busca de la vizcaína. ―Pues en el cementerio aún no me han hecho hueco. Y menos en uno lleno de franchutes ―masculló Alatriste imitándole. El joven, que respondía al nombre de Iñigo Balboa, se incorporó a su vez pensando con buen juicio que tenía guasa llevar menos de dos horas en París y estar ya metidos en jaleos de aceros con cuatro tipos con pinta de saber de lances más que Catón de agricultura. Pero claro, estando don Francisco de por medio, mucho tiempo eran dos horas. ―Sentido del humor tenéis, señor. Español por lo que entiendo. Espero que sepáis reíros de igual modo con una cuarta de acero saliendo por vuestras rijosas costillas ―dijo Athos con mirada fúnebre. ―¿Qué dice? ―preguntó Alatriste. Por vida de, Diego, que no tengo tiempo para traducciones. Al parecer, no queda sino batirse ―respondió Quevedo dirigiéndose ya hacia la puerta de la calle. ―Por Dios que no tenéis cura ―sentenció Alatriste acompañándole de mala gana. Una vez fuera ambos grupos, se aprestaron para trabarse mientras el tabernero se quejaba de quien pagaría el vino de los que salieron derrotados, a lo que D'Artagnan respondió que sería él mismo quien invitara por deferencia a la última ronda de su vida a estos forasteros españoles y que le parecía descortés que siendo él anfitrión de tan distinguidos cadáveres, se quedaran sin ser agasajados. Quevedo, ya amostazado en grado sumo y con el Borgoña dando brillo a sus ojos, respondió que a él no le hacía maldita la falta que le invitara a vinacho de la peor categoría, un pipiolo francesito con edad para ser su hijo, bastardo por supuesto, y que donde estuviera el blanco de San Martín de Valdeiglesias que se quitara ese vitriolo al que los franceses mal llamaban vino. Estaban los aceros tanteándose ya cuando de un rincón oscuro de la calle surgió la figura de un embozado que se acercó a la pendencia silbando una tonada que sonaba algo así como tirurí tata. Vestía totalmente de negro y en su rostro delgado picado de viruelas se dibujaba una sonrisa cómplice bajo el largo bigote. Llegó junto a Alatriste que al verle gritó sorprendido sin perder de vista el acero de Aramis: ―¡Malatesta! ¡Gualterio Malatesta! Voto a Dios ¿Qué hacéis en París? ¿Os pasáis la vida siguiéndome? Pues tendréis que esperar, ahora estoy ocupado. ―No os preocupéis, Capitán. Estoy aquí para haceros la pascua, pero no ahora. Me pareció que cuatro contra dos, mejor contra tres ―rectificó con una sonrisa torcida mirando a Iñigo―, era pelea un tanto desigual y un sentimiento inusual en mí me ha hecho sacar mi acero para ayudaros. Pero creo que en realidad lo hago para evitar que sea otro el que tenga el placer de haceros un agujero en el pellejo ―contestó el recién llegado empuñando su espadón. ―Bienvenida sea vuestra espada, pero temo que me la juguéis por la espalda si me descuido. Así que poneos a mi lado que os pueda ver ―dijo Alatriste, volviendo a lo suyo. ―¡Dejaos de tanta parla! Si os ha llegado escolta, mejor para vos y para nosotros. Que así no parecerá que ensartamos pichones españoles con ventaja ―gruñó Aramis al tiempo que se tiraba a fondo. Alatriste tiraba al tiempo contra Aramis y Porthos, descargando a Iñigo de cuantos golpes podía, mientras Quevedo insultaba a D'Artagnan mientras le tiraba cuchilladas asesinas con la vizcaína. Athos peleaba silencioso frente al recién llegado Malatesta, el cual lo hacía con esa tonada infame entre los labios. Al poco, D'Artagnan dio con sus huesos en el piso, arañados en las costillas por un tajo de don Francisco, que exultante y con los ojos extraviados por la victoria, se le vino encima mientras recitaba versos ultrajantes para el caído. D'Artagnan no tuvo otra que rendir su arma y pedir cuartel ante el torbellino de rizos, lentes e insultos que le llegaban. Athos tuvo más suerte y esquivó una traidora estocada de Malatesta dirigida por bajo, que a poco le cuesta una fea herida en la ingle. Fintó y con la facilidad que da la maestría, introdujo su acero por la mano en guardia de su adversario, dejándole un bonito estigma y la mano inútil por un tiempo. ―¡Per la Madonna! ―aulló el italiano mientras se retiraba del campo corriendo hacia atrás―. ¡Ya nos veremos Alatriste, y mantente con vida hasta que yo te la quite! ―gritó mientras se retiraba quejándose y desapareciendo por la esquina de la calle. Diego Alatriste paraba y fintaba a duras penas. Los ataques de Porthos y Aramis le estaban dejando sin resuello. Sacó fuerzas de donde no había y tras parar en sexta consiguió desarmar a Aramis con un molinete seco a la empuñadura de éste. Rápidamente, Iñigo se lanzó contra el mosquetero desarmado y apoyo su daga contra el cuello de Aramis mientras el Quevedo gritaba a Porthos y a Athos: ―¡Si queréis que vuestro compañero pueda beber por ese gaznate, deponed las armas! Los mosqueteros se detuvieron rabiosos, bajando sus espadas. Aramis estaba indignado: ―¡Desarmado por un pelagatos! Si esto llega a los oídos de mi dama... Y encima con un mozalbete clavándome la daga en el cuello. ¡Qué deshonra! ―Descuidad Aramis ―dijo apaciguador Athos―, que esto no se sabrá. Además, estos forasteros han demostrado pericia y valor y no hay deshonra en la derr Ya más tranquilo, Quevedo ayudó a D'Artagnan a levantarse: ―Señores ―dijo―, ha sido tan placentero el recibimiento a vuestra ciudad, que si el desenlace del combate ha sido bueno para nuestro bando, permitidnos ahora que seamos nosotros quienes invitemos a la prometida ronda de ese excelente vino. Perdonad mis palabras anteriores sobre vuestra indumentaria y sobre el néctar de Baco que aquí tenéis. Eran pura chanza. Pero D'Artagnan y Aramis estaban heridos en su orgullo y no estaban dispuestos a beber con sus vencedores. Así que farfullando una disculpa, se marcharon a la cercana casa de Athos, quien se despidió con una reverencia: ―Tal vez nos veamos por aquí si continuáis en París. Pero guardaos que nuestro siguiente encuentro no os será tan propicio. Adiós señores ―y se marcharon cariacontecidos calle arriba. ―Mirad que la Santísima Virgen os protege, señor Quevedo ―dijo Alatriste envainando la tizona―, de buena nos hemos librado y a poco nos quedamos con las ganas de seguir vivos para encontrarnos con ese enviado del Cardenal Richelieu. Marchemos hacia la tapia de los Carmelitas Descalzos, no sea que se impaciente y se marche. Y la verdad es que no tengo ganas de que la ira de Olivares me caiga encima. ―Ni yo ―respondió Quevedo―, pero a fe mía que ha sido una hermosa justa. Lástima que no hubiera ninguna dama cerca para ver tan hermoso lance ―dijo atusándose el bigote―. En camino pues, Alatriste. Que me place. Iñigo no dijo nada. Envainó su daga y suspirando siguió a sus compañeros de viaje, mientras don Francisco recitaba: ―"Aquel quien por su rostro vagan Alatristes..." ―No me jodáis, don Francisco, no me jodáis ―rezongó el Capitán. Y se marcharon calle abajo en la dirección opuesta a los Mosqueteros. Desaparecieron en una calleja lateral y allí no hubo nada. |
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